Cuando lee un libro que le conmueve o sucede en su escritura el alumbramiento poético, “ahí, todo vale más, no me siento sola, estoy donde tengo que estar”, afirma la escritora argentina ganadora de la Beca de residencia Gonzalo Rojas 2026. De su proceso creativo, la relevancia de la figura de Rojas en el panorama continental y su próxima estancia en la Universidad de Concepción versa este diálogo.
Por: Jesús Arencibia Lorenzo, periodista de la Cátedra GR.
Fotos: Agustín Obregón y cortesía.
La poesía, bien lo sabe Consuelo Iturraspe (Santa Fe, 1987), “no puede ganar ni detener una guerra”. Sin embargo, en su apuesta por la mirada, por la auténtica atención, sí que logra imprimir otra velocidad al mundo de vértigo que cada día sufrimos. Para esta poeta argentina, cada proceso creativo comienza por buscar y construir una voz. Al encuentro de la suya, tras haber ganado la Beca de residencia Gonzalo Rojas, viajó este cuestionario. Si la obra de Rojas “sigue interpelando los cruces entre lenguaje, existencia, memoria y comunidad”, como afirmara la profesora Mariela Fuentes, directora de Cátedra que honra al poeta; la próxima estancia creativa de Iturraspe en la Universidad de Concepción contribuirá a enriquecer la dimensión internacional de ese legado. Entre el rigor y el juego, que acaso para ella sean dos caras de un mismo empeño edificante, Consuelo respondió con rapidez y gentileza. El telón se abre. Las luces realzan la escena. Acompáñennos…
PONER A PRUEBA LOS LÍMITES
En tu formación y trayectoria creativa hay dos líneas muy claras y fecundas: teatro y poesía. ¿Cómo se alimentan mutuamente? ¿De qué formas fluyen en tu cotidianidad de escritura?
Siempre me costó distanciar el teatro de la poesía. Me parece que no consigo pensarlas exclusivamente en términos formales, como géneros. El teatro llegó cuando era una niña y me enseñó a creer en la ficción. Después llegó la poesía, para que esa ficción encontrara su música y para abrirme nuevos campos de sentido. O tal vez llegaron al mismo tiempo y desde entonces conviven en mi trabajo. Todo depende, en realidad, de qué entendemos por poesía y por teatro. Muchas veces pienso que son estados, formas de estar en el mundo para quienes amamos el lenguaje.
En los últimos días escuché conversaciones en las calles de Buenos Aires y leí carteles improvisados alrededor del Mundial de Fútbol que tenían una potencia poética y teatral extraordinaria. Este ejemplo me sirve para decir que las dos prácticas me acompañan de forma permanente y atraviesan todo lo que hago, lo que miro y lo que soy. Y, cuando finalmente escribo un poema o una obra de teatro, siento que ambas empiezan por el mismo lugar: la búsqueda y la construcción de una voz.
En una reseña de tu libro En lugar de dormir, aparecida en Página 12, se mencionaba que, de cierta forma, conducía “a una reconstrucción insospechada de la muerte”. ¿Cuánto muere un poeta cada vez que reconstruye sus angustias?
¡Espero que no muera nada! O que en todo caso muera lo que sobra. O que esa muerte sea iluminación. Una vez leí una entrevista que le hicieron al dramaturgo y poeta Heiner Müller donde afirma que el elemento básico del teatro es la transformación. Entonces, dice, el teatro siempre tiene que ver con la muerte. Fue la primera vez que pensé en la muerte como un pasaje hacia una nueva configuración. Si pensamos a la poesía con esa lógica transformadora, quizá también podemos afirmar lo mismo: morir y renacer en el poema.
“Sé que el dolor… es un tajo abierto a la poesía, no lo concibo sin la posibilidad de escribirlo”, comentaste en una entrevista. ¿Hasta qué punto es la poesía una forma de terapia, de sanación, y hasta qué punto se convierte en una eternización de lo doloroso?
Creo que la escritura es tan sanadora como la lectura en tanto le dan sentido al mundo, a ese estar en el mundo. Pero esto no es algo que necesariamente deba aplicar a todas las personas que escriben o que leen poesía. Y tampoco a todos los poemas. Ayer escribí unos pobres versos y no sané para nada, por el contrario, quedé afectada porque no me convencieron. Me parece un gesto demasiado grande y hasta inútil atribuirle esa cualidad a algo que es tan potente y prístino.
En mi caso, cuando leo un libro que me conmueve o cuando en verdad sucede en mi escritura ese misterio del poema, ahí, todo vale más, no me siento sola, estoy donde tengo que estar. Una certeza quizá parecida a la de estar enamorada, o mejor aún, una fe, se me revela una creencia a la que me entrego con fuerza. No soy religiosa, pero sospecho que algo así debe sentirse la compañía de un dios. Y lo agradezco, de verdad lo agradezco, porque los días serían muy inestables sin la escritura como territorio donde hacer pie.
Luego, si el dolor se cristaliza o se esfuma gracias al poema, no lo sé. Supongo que un poco de las dos. Lo que sí puedo asegurar es que es la forma que encontré que más justicia le hace.

Concibes la poesía como “una experiencia íntima, solitaria y misteriosa”, sin embargo, te formaste en talleres, y ahora te tocará impartir uno. ¿Cómo dotar de comunicabilidad y técnica, lo que presuntamente nace de forma tan misteriosa?
Formarme en talleres es uno de los caminos que encontré para estar más cerca de la poesía. Desde esta mirada es que me hundo en sus posibilidades de enseñanza y aprendizaje, que en general están muy mezcladas. Encontrar distintos puntos de vista, criterios de lectura y temperaturas de sentido para llegar a pensarla más profundamente. Esto no significa que vayamos a entenderla, o que tenga sentido entenderla.
La corrección de un poema también es un ejercicio particular. No puedo sentarme a corregir poemas de otros, pero puedo leerlos, escuchar el ritmo que piden, asociarlos a otros poemas, hacerles preguntas, percibir la sonoridad de sus palabras, observar qué cosas no están diciendo y qué cosas dicen de más. Desde estas intuiciones construyo mis clases.
Refiriéndote a los textos poéticos, afirmaste que “tenemos que empaparnos” de ellos, “jugar con ellos, prestarles nuestra voz, permitir que nos atraviesen”. ¿Está subvalorado lo lúdico dentro del proceso poético o crees que se le sitúa en su justa y necesaria dimensión?
No imagino la literatura sin juego. Incluso pienso que debería estar en su definición. Pero no hablo del juego como algo ligero o accesorio, sino como una forma de exploración. Jugar con el lenguaje es poner a prueba sus límites, descubrir relaciones inesperadas, divertirse. En ese sentido, la poesía juega con absoluta seriedad. Creo que el juego es una de las formas del rigor.
En la obra Un tiro cada uno, escrita junto a tus compañeras Laura Sbdar y Mariana de la Mata, fusionaron investigación testimonial, periodismo, narrativa, poesía… y comentaste que querías explorar estas hibridaciones en tu escritura individual. ¿Lo has logrado? Si así fuera, ¿cómo han reaccionado de conjunto esas “sustancias químicas” tan singulares?
Pienso que lo que Un tiro cada uno abrió en mí, justamente, fue una confianza en la potencia del cruce. La posibilidad de que distintos materiales y registros convivan sin necesidad de ser ordenados bajo una categoría única. La hibridación como una manera de mirar, de sumar capas. Y por supuesto, el juego. La escritura colectiva tiene mucho de eso y es algo que no quiero perder en mi escritura individual.
Tu nueva obra, La tristeza, trabaja sobre un cuento de Chéjov. ¿Por qué Chéjov y qué piensas de las adaptaciones de clásicos u otros textos?
La tristeza está inspirada en un cuento homónimo de Chéjov, pero me cuesta pensarla como una adaptación en su sentido estricto. Es que siento que para llevar a cabo una adaptación hay que tomar esa decisión y supongo que implementar ciertos mecanismos que pide toda reescritura. Elegir, por ejemplo, un sistema de reposición en este nuevo mundo, una línea de trabajo concreta. Pero acá no fue así, no tomé ninguna decisión, el cuento fue un faro que aparecía en el proceso de escritura.
Me gustan los cuentos de Chéjov, a veces más que sus obras de teatro, porque siento que opera, por momentos, un humor muy ácido con el que dialogo desde mi escritura dramática. Parecen tragedias disfrazadas de belleza y de humor. O belleza y humor disfrazados de tragedia.
“La tristeza” es un cuento que me puso triste. Me hizo pensar en la soledad, en la desesperada necesidad de ser escuchados. Pero, al mismo tiempo, hay algo absurdo en la seriedad con que el protagonista le termina confiando su dolor a su caballo. ¡Es gracioso! (Mis disculpas por revelar el desenlace del cuento).

“Escribo voces de mujeres, escribo sobre mujeres. Probablemente también escriba para ellas”, sostuviste. ¿No crees esta idea resulta demasiado radical, incluso excluyente? ¿De qué forma logras escribir “para ellas” y que todos los que quieran se vean también en tus líneas?
No recuerdo ahora mismo a qué hacía referencia en esa entrevista, pero coincido en que es una idea radical y, sin embargo, no tengo problema con ello porque no creo que la existencia de un destinatario específico implique necesariamente una exclusión. Que haya un lector o, como diría mi maestro Mauricio Kartun, un “espectador ideal”, no significa que la obra vaya a llegar únicamente a esa persona.
A mí me gustan mucho los libros epistolares. Pienso en esta idea de leer cartas que no fueron escritas para mí y, sin embargo, puedo conmoverme o encontrar belleza en ellas. Quizás la literatura funcione siempre de esa manera, como una correspondencia lanzada al mundo que encuentra sus propios destinatarios y sus propias resonancias.
GONZALO ROJAS: UN LUGAR FUNDAMENTAL EN LA POESÍA LATINOAMERICANA
Cuando se dice “Gonzalo Rojas”, más allá de esta beca en específico, ¿cuánto crees que se está nombrando en el panorama literario continental?
Es interesante esta pregunta, porque en mi caso, de no haber participado de un seminario de poesía latinoamericana que dictó el poeta Jorge Boccanera en Buenos Aires (en el cual también conocí, por ejemplo, al peruano Antonio Cisneros), tal vez nunca me hubiera acercado. Ese encuentro fue una puerta de entrada a una tradición poética que muchas veces conocemos de manera fragmentaria y, gracias a eso, entendí el lugar fundamental que ocupa Rojas en la poesía latinoamericana del siglo XX. La poesía también necesita espacios que permitan que ciertas voces vuelvan a escucharse, que encuentren nuevos lectores y que sigan produciendo conversación. Por este motivo celebro iniciativas como la Cátedra y la Beca Gonzalo Rojas.
En tus primeras palabras de agradecimiento por la Beca de residencia hablaste de que intentarás acercar la poesía argentina a la chilena en el taller que impartirás en la UdeC. ¿Pudieras ampliar un poco más esa idea? ¿Qué otros aires planeas insuflarle a tu estancia de cuatro meses en Chile?
Armé un cuadernillo con una selección especial de poetas de mi país para compartir en el marco de esta experiencia de intercambio. Son poetas que me formaron, de quienes aprendí y sigo aprendiendo gran parte de lo que entiendo por poesía. En el laboratorio que voy a coordinar me interesa compartir estas voces, pero también abrir un espacio donde esas lecturas puedan encontrarse con la sensibilidad y la memoria de quienes participan, en asociaciones inesperadas y en las nuevas miradas que cada contexto produce.
Y, claro, mi estancia en Chile va a estar atravesada también por la escritura de un nuevo poemario. Espero que ese encuentro con otra tradición, con otros paisajes y con otros modos de leer y pensar la poesía transforme mi escritura.
A juicio de algunos creadores, escribir, enseñar a escribir, dar recitales de poesía, resultan casi una trinchera de resistencia en un mundo de vértigo, horror y banalidad tan desbordadas ¿Cómo lo ves?
En algún sentido, sí. Pero la poesía no puede ganar ni detener una guerra. Lo que sí hace es oponerse al vértigo proponiendo otra velocidad. Responder a la banalidad insistiendo en la mirada y la demora. Eso ya es un montón en una época obsesionada con la productividad. Y, desde luego, esa interrupción y las preguntas que podemos hacernos sobre cómo el lenguaje nombra el horror, ese pensarnos y repensarnos en las palabras, son gestos profundamente políticos. Pero lo que más valoro es la posibilidad de, en tiempos ásperos, sostener un espacio de intercambio sensible.

LA PREGUNTA
Para decirlo en modo teatro, te invito ahora a “romper la cuarta pared” y mostrarte directamente… Más allá de obras y versos, ¿quién es Consuelo Iturraspe? ¿Qué te emociona o deprime? ¿Tienes alguna anécdota hilarante o delirante que puedas compartir?
Abro mi corazón y comparto tres breves y para nada comprometedoras entradas de mi diario que quizá ofrezcan alguna idea sobre mis formas de sentir y estar en los días.
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