Cuando parecía que la lluvia, pertinaz, inacabable, frustraría el encuentro; cuando algunos preguntaban, sugerían, con toda lógica y pesar: ¿se suspende?; cuando nada apuntaba a que pudiéramos terminar el último jueves de septiembre escuchando poesía… se hizo la poesía. Y hasta la Librería Marta Brunet llegaron tantos contertulios como para colmar el espacio. Entre ellos, el vicerrector de Vinculación con el Medio de la UdeC, Jorge Fuentealba, quien tampoco quiso perderse la cita. Y el día empapado amaneció por dentro, como si fuese un día radiante.

La enseñanza, que siempre desbroza sombras, tuvo mucho que ver en ese cambio de tonalidad de la jornada. Con Mario Rodríguez, Profesor Emérito de la UdeC que a sus casi 94 almanaques mantiene una lucidez chispeante, conversó la profesora Mariela Fuentes Leal, directora de la Cátedra. El diálogo se centró en dos montañas literarias de Chile y América: Gonzalo Rojas y Nicanor Parra. Rodríguez rememoró las fricciones entre las respectivas líneas poéticas mayúsculas de ambos colosos: entre el amor a las palabras del poeta de Lebu y el descreimiento de ellas del nacido en San Fabián de Alico.

El Maestro fue comentando las luces comunes y las geniales singularidades de cada creador. Entre “Qué se ama cuándo se ama”, de don Gonzalo, y “Bajando de Machu Pichu” (Amor no correspondido), de don Nicanor, los presentes pudimos experimentar la “travesía” esa brisa que sopla perpendicular a la costa gonzalorrojiana y el viento “puelche”, cordillerano, que trae la impronta nicanorpárrica.

Al final, ambos quedaron invictos, y nosotros, que los escuchamos a través de los ojos del veterano docente, nos supimos menos lluviosos, es decir, más arropados por la poesía.

UN VAIVÉN INFINITO

“Escribíamos muriendo y todo era tan real”, evocó la poeta y crítica Alejandra Ziebrecht. La frase, a la distancia, se antoja bellamente axiomática. ¿Qué otro modo de escribir y fabricar la realidad existe, sino muriendo? Ziebrecht, estimulada por las agudas preguntas y observaciones de la también poeta y artista visual Daniela Ulloa, hizo el milagro de traernos desde Talcahuano la niebla, el mar, las “metáforas del desarraigo”… detrás de las cuales palpitan sobrevivencias y abandono, como certeramente sugirió.

Macondo. Para ella, el poblado costero era un Macondo: la gente, los peces multicolores, la luminosidad, los cerros “que lloran lágrimas de barro en las que se arrastran las casas que luego son recogidas al pie de las montañas”; el cementerio simbólico, único en Chile, donde se velan prendas de los pescadores; pero no están los restos… de todo ello, como filtrando un lirismo tan cotidiano que parecía sencillo, la poeta nos fue contando, o mejor, novelando, porque la poesía, en su sentir, también puede ser novela.

Y en esa saga vital de comprender lo que nos arma y alma, se encontró Alejandra con el profesor con el cual asistió a su primer taller literario —años ha— a instancias de la Municipalidad de Concepción. Sí, el mismo profesor Rodríguez, hoy Emérito de casa de altos estudios penquista, quien en aquel momento le dijo a la poeta en ciernes: está bien su texto, pero ahí hay tres poemas. Y ella, que entonces no entendía bien cómo podía haber tres pomas en apenas 11 versos, terminó comprendiendo la sabiduría del maestro.

«¿Qué mejor modo de dialogar que en un vaivén infinito?», preguntó Ziebrecht, a propósito de su libro La barca de los Conjuros.

Ahí vamos todavía. Hacia todos los vientos.

Texto: J.A.L. Fotos: David Lozano y J.A.L. Apoyo Organizativo: Fernanda Kristtal y Mauricio Torres.