De los encuentros literarios que estremecieron Concepción y Chile a su retrato personal de Nicanor Parra y Jorge Luis Borges: la memoria prodigiosa del Profesor Emérito de la Universidad de Concepción Mario Rodríguez Fernández recorre pasiones, controversias y revelaciones de varias décadas de creación y cultura.
Dígase Mario Rodríguez Fernández y se nombra un emblema de la Universidad de Concepción. No solo por ser el profesor en activo más veterano de la casa de estudios, a sus casi 94 años, sino porque su pasión por la literatura, su enseñanza e investigación permanentes, lo ubican como referente de los estudios literarios chilenos. Recientemente, a su abultado palmarés el profesor Rodríguez sumó la membresía en el Comité de Honor de la Cátedra Gonzalo Rojas. A propósito de este acontecimiento, que honra al programa académico, conversamos con el maestro. Fue, como siempre, una clase.
¿Cómo y cuándo inicia su relación con Gonzalo Rojas?
Mi relación con Gonzalo parte en el 1957, cuando lo conocí en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde yo era alumno de Pedagogía en Castellano. Fue invitado por Pedro Lastra, recitó sus poemas, y me di cuenta de que estábamos frente a un poeta, joven en aquella época, pero que ya era un muy buen poeta. Después, una relación más directa llegó aquí en Concepción, con las escuelas de verano. La primera de esas citas, la de 1958, fue un encuentro entre la generación del 50, podríamos decir, la de Enrique Lihn, y la generación del 38, donde estaba Volodia Teitelboim, por ejemplo.
Posteriormente, hubo un cambio en cuanto a que se apareció esta polémica entre Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, a raíz de un poema que publicó Rojas en una revista del MIR [Movimiento de Izquierda Revolucionaria], que se titula «Gracias y desgracias del antipoeta», en el que fue bastante fuerte la crítica a Parra. Y como yo ya era amigo de Parra y había escrito sobre Parra, entonces la relación quedó mediada por esta circunstancia. Pero yo diría que después, entre los años 1970 y 1975, encontramos ya una relación más próxima. Yo escribí sobre su libro de 1964, Contra la muerte, que fue su segundo poemario y uno de los más importantes. Esa fue en términos generales nuestra relación.
¿Cuáles podrían ser, a su juicio, rasgos distintivos de la poesía de Gonzalo Rojas?
Gonzalo Rojas es un poeta que recoge una gran tradición, española por una parte, pero también francesa, a través de su admiración por Paul Valéry, por Baudelaire… Él era un conocedor de ambas poesías, en el caso de la española, fundamentalmente de la generación del 27. Entonces, él integra esas tradiciones. Yo diría que él es un poeta que cultivó una poesía trascendental. Es decir, una poesía centrada en grandes temas metafísicos, como la muerte, el amor, esos temas fundamentales, y la búsqueda de un conocimiento a través del acto poético.
¿Cómo se inserta Gonzalo en el ambiente literario de aquellos años? ¿Qué relaciones, confluencias y polémicas, usted recuerda de él con el resto de los escritores?
Gonzalo siempre fue polémico. Especialmente con algunos poetas que venían de la estirpe de Neruda. No solo se alejó de Neruda porque no escribía tanto como en Neruda, que era torrencial, sino porque su poesía, diríamos, no tocó tan directamente los temas políticos, los tocó de una manera distinta, porque Gonzalo fue un poeta político naturalmente, con una posición ideológica bien definida, pero no, por ejemplo, con un libro como el de Neruda de alabanza a la Revolución cubana. No, no. Fue un poeta político, pero distinto de Neruda, especialmente en el lenguaje.
En cuanto a las polémicas, tuvo varias. Por ejemplo, estuvo muy cerca un tiempo de los poetas del grupo La Mandrágora, pero después tuvo algunas discusiones con ellos y se alejó. Y bueno, está su polémica, como le decía, de las más conocidas, con Nicanor Parra. Al principio era una muy buena relación con Parra, porque ellos intercambiaron allá en La Reina, según Gonzalo, intercambiaron poéticamente la poesía negra, podemos llamarla así, de Rojas, con la poesía blanca de Parra. Pero después hubo fricciones, que los dos llevaron, hay que decirlo, con honor de caballeros.
En general Gonzalo siempre fue crítico respecto a poetas de su tiempo. Eso sí, tuvo un muy buen contacto con los poetas jóvenes, que lo admiraban.
Profesor, descríbanos un poco el ambiente universitario de aquellas escuelas de verano. Usted me dijo en una entrevista anterior que había llegado precisamente a Concepción bajo el influjo de esos encuentros organizados por Gonzalo…
La universidad era muy distinta a la de hoy, como la época toda. Hoy día los medios de comunicación y, especialmente, la expansión muy potente de las redes sociales, lo digital, ha invadido el campo y nos mantiene, diríamos, en una relación muy frecuente con todo el mundo, incluido el mundo literario. En aquella época las comunicaciones se reducían prácticamente a la radio y los diarios. Entonces, que haya venido un grupo de poetas, narradores, ensayistas ya importantes en el 1958, era un acontecimiento, no solo literario, sino cultural y social en Concepción. Las escuelas de verano tenían un efecto que hoy día no tienen, porque el desarrollo de las comunicaciones ha hecho que usted directamente pueda acceder casi a cualquier escritor.
Por tanto, el ambiente era un ambiente «provinciano», entre comillas, donde la llegada de un literato importante era un suceso. En ese contexto, las escuelas de verano fueron únicas en Chile. En la Universidad de Chile, y en la Universidad Católica, en menor medida, se hacían escuelas de verano, pero no con ese carácter «espectacular» que tuvieron estas en Concepción organizadas por Gonzalo. Por eso yo viajé desde Santiago, para escuchar a estos poetas, literatos, a estos grandes ensayistas que no veíamos en Santiago, sino que se saltaron a la capital y llegaron aquí a Concepción en tren. Todo así, mediante tren, 10 horas de viaje entre las dos ciudades.
Usted ha mencionado que algunos ubicaban la cuna del Boom Latinoamericano precisamente en esas citas de escritores en Concepción…
Esa es la teoría de José Donoso, que dice que el Boom nació aquí en Concepción y terminó, años después, con la cachetada que le dio Vargas Llosa a García Márquez. Sí, es razonable esa hipótesis, porque fue un primer contacto que se tuvo con escritores como Rulfo, por ejemplo, quien había publicado en el año 1955 Pedro Páramo, pero nadie lo conocía, y menos personalmente. De manera que hubo un encuentro de estos escritores como García Márquez, Vargas Llosa y Rulfo, que fue muy relevante. Lo cual torna aceptable esa tesis de Donoso sobre la historia del Boom.
Le propongo ahora que avancemos en el tiempo, ¿cómo cree que es recibida hoy y estudiada o analizada la poesía de Rojas? ¿Se conoce suficientemente?
La poesía chilena que se cultiva hoy día es totalmente distinta a la poesía que creó Gonzalo. Fundamentalmente por el lenguaje. Es un lenguaje que, más allá de acercarse al habla cotidiana, no sé… huye de las metáforas, de la sinécdoque, de las grandes figuras retóricas. Y la poesía de Gonzalo es una poesía retórica. Entonces, creo que esa poesía no influye hoy día con gran fuerza en la poesía chilena. Yo más bien veo que se sigue una línea que fundó Parra, que siguió con Lihn, y después tuvo poetas como nuestro Gonzalo Millán, por ejemplo, y Omar Lara.
En cualquier caso, para mí y para muchos otros, sigue siendo una gran poesía la de Rojas. Y, por ende, continúa inspirando y se continúa escribiendo sobre él. Hay artículos relativamente recientes, importantes, como los de María Nieves Alonso, por ejemplo, que investigó mucho sobre Gonzalo. O sea, la crítica sí se sigue preocupando de su obra poética. El asunto es la línea que tomó la poesía chilena y, en general, la hispanoamericana. Es tan distinto… con mucha cercanía a la prosa, en términos generales.
OTRA FORMA DE VIDA MÁS INTENSA
¿Qué elementos debe reunir a su juicio un profesor para impartir literatura?
Yo creo que un ejemplo de docente de literatura fue Gonzalo, quien era un excelente profesor. Gonzalo conocía, diríamos, las teorías de su época, desde la estilística hasta los más actuales teóricos franceses del momento: los conocía bien. Pero más allá de eso, él tenía una manera muy personal de hacer clases, que seducía a los alumnos.
El profesor de literatura, de algún modo, debe tener una suerte de carisma frente a sus alumnos. Enseñar la literatura seductoramente, no descansar en los análisis fríos, estructuralistas, postestructuralistas, posthumanistas de hoy día, sino mostrar que, si existe la vida personal, cotidiana, de uno, la literatura nos enseña otra forma de vida más intensa. Es decir, intentar que los alumnos participen de esa intensidad que tiene la literatura con respecto a la muerte, al amor, a las relaciones con la pareja, a las relaciones con el mundo.
De su muy larga y fecunda vida docente, ¿podría contarnos alguna anécdota, algo que le haya resultado especialmente singular, sobre todo enseñando poesía?
Imagínese, hay muchas… Recuerdo ahora mismo una vez que fuimos con Nicanor Parra a un encuentro, en que él leyó sus poemas, y yo comentaba críticamente después de cada lectura. Fue muy buena esa experiencia. Ahí estaba el poeta, que siguió recitando «El Hombre Imaginario», y venía yo y trataba, no de explicar, sino de hacer una especie de experimento. Es decir, poner el poema en relación con situaciones de vida, sociales, etc. Eso resultó muy bien: le gustó a Parra, al público, y a mí me gustó mucho.
Aparte de Parra, en cuya obra usted es un erudito, de las figuras literarias de Latinoamérica, pudiera decirnos cuáles lo han impresionado más…
Mi larga vida me ha hecho tener relaciones con muchos de los más relevantes escritores latinoamericanos. Ahora, el autor que más admiro es Jorge Luis Borges. Realmente Borges es un viejo extraordinario. Hoy día, especialmente en Estados Unidos, y también en Argentina, ha aparecido un libro de Alberto Rojo, que es un físico cuántico. Y este autor dice que Borges influyó ¡en la Física Cuántica!, una cuestión que parece inaudita, pero él lo fundamenta. En «El jardín de los senderos que se bifurcan», la noción del tiempo es la misma que desarrolla la física cuántica, se afirma. Entonces, Borges es realmente genial.
¿Lo pudo conocer usted?
Sí, lo conocí en Buenos Aires y lo conocí aquí en Santiago cuando vino invitado a dictar conferencia en el Salón de Honor de la Universidad de Chile. Y ahí ocurrió algo muy referenciado, en realidad bien triste para Borges: se apareció, después de la última conferencia, el general Augusto Pinochet…con sus edecanes y todo el despliegue. Y le otorgó una medalla a Borges, se la colgó en el cuello. Muchos piensan que esa medalla le costó a Borges el Premio Nobel.
También en Buenos Aires, en un café al que él iba siempre, y en la Librería Orfeo, adonde igualmente solía asistir, vi a Borges. Era un personaje, con su bastón y su porte, pues ya no veía… Y sí, es uno de los grandes autores latinoamericanos, no cabe duda, y el que mayor impresión y fervor me ha causado. Cada día leyéndolo voy encontrando, como la mayoría de los críticos, nuevas realidades, nuevos ángulos en Borges.
Por otra parte, creo que las novelas del Boom siguen vigentes, aunque hoy día ha cambiado totalmente el panorama. Eran y son escritores que hay que tomar en cuenta. Como a Carpentier o a Lezama Lima, que fue un gran autor, condenado a ostracismo en Cuba, no tanto por su poesía, sino por su orientación sexual.
¿Cómo ve hoy los escritos de Octavio Paz, otro de los autores que usted ha trabajado reiteradamente, y que tiene la dualidad de ser un gran poeta y un gran pensador sobre la poesía?
En principio, respecto a Paz, admiración absoluta; pero encuentro ahí una situación muy especial entre los críticos y teóricos latinoamericanos: han desplazado a Paz por seguir, diríamos, en forma muy estrecha, a otros teóricos, como los franceses; a Deleuze, Guattari, etc., y no han trabajado con las propuestas teóricas de Octavio Paz, y uno encuentra que el Premio Nobel mexicano está totalmente de acuerdo, está en la línea, por ejemplo, de lo que se llama contemporáneamente el «giro afectivo», en el que la emoción, el sentimiento, han desplazado a la razón. Pues Octavio Paz tiene un libro, Conjunciones y disyunciones, que habla del lenguaje del cuerpo, y en el mismo sentido de esta tan «nueva», porque es de la década de 1990, teoría del giro afectivo; pero Paz ya lo había dicho en los años 70, es decir, lo que Paz había escrito en El laberinto de la soledad, Conjunciones y disyunciones y Los hijos del limo, tiene absoluta vigencia hoy en día. Entonces, yo haría un llamado a volver sobre Paz, ¿por qué no elegir a un teórico latinoamericano para nuestros análisis?
Siguiendo con esta reflexión, ¿cuáles son, a su juicio, las principales falencias que tiene hoy día, en Chile y en Latinoamérica, la crítica y la enseñanza de la literatura?
Lo dicho, yo veo un problema que, felizmente, se ha ido superando, y que consiste en que los postulados de algunos teóricos, como los estructuralistas franceses, fueron seguidos aquí de una forma casi mecánica. Los textos de Roland Barthes, por ejemplo.
Se copiaban en el sentido de aplicar estas teorías en nuestra literatura. Pero hubo, por suerte, una reacción, y entonces se llegó a la conclusión que esos enfoques, pensados en una sociedad distinta, y para una literatura distinta, es decir, en contextos ideológicos, políticos y culturales diferentes, no se podían aplicar ciegamente a la literatura hispanoamericana. Sino que había que hacer cambios, «apropiarse» de ellos. Entonces apareció esta noción de apropiación, mediante la cual los críticos ahora, diríamos, toman los conceptos de Barthes, y ven cómo funcionan, cómo los aterrizan, en una sociedad y, por lo tanto, en una literatura distinta. Ese cambio, ha sido fundamental.
Hay que leer las teorías desde nuestra situación de crítico latinoamericano, desde un lugar concreto. Y en eso, Paz, también, es un referente; en su libro Los hijos del limo, dice que habla como un poeta latinoamericano, como un ensayista mexicano, desde ahí habla. No habla desde, diríamos, un sitio abstracto.
Para adentrarnos un poquito en su taller, ¿cómo es el proceso investigativo y de redacción científica cuando un tema o autor lo impresiona y dice: voy a escribir sobre esto? ¿Cómo procede, cómo se organiza?
Lo primero es seleccionar con acierto el tema o autor. Partamos, por ejemplo, de Benjamín Lavatut, que es un escritor singular, con las dos novelas que ha publicado y que, en Chile, en realidad, no ha tenido la resonancia que se observa fuera. Este autor a uno lo impacta, lo impresiona, lo hace ver la realidad de otra manera.
Después, viene el segundo paso, la crítica, qué lo que se ha dicho sobre él: es muy importante, para no repetir lo que se ha mencionado antes. Y enseguida, entrando en el análisis, buscar, fundamentalmente, los procedimientos, no los contenidos, sino cómo representa la realidad ese autor, no tanto el detalle de si habla del amor, el odio u otros temas, no, sino la manera de representarlo. Y así, indagando a través de los procedimientos, encontrar capas de significación que no han sido todavía nombradas por la crítica anterior.
Ya en la fase de redacción, tener en cuenta que una de las falencias de la crítica contemporánea es el excesivo tecnicismo que ha ido asumiendo, lo cual, para el lector común, resulta casi como un enigma a descifrar, por el complejo lenguaje utilizado. Un lenguaje, muchas veces, casi hermético… Ese un defecto de la crítica, no llegar como lo hace Paz, directamente al lector, tomándolo en cuenta. Esto sucede porque, en realidad, muchos de los críticos hoy día escribimos para otros críticos, no escribimos para el público en general. Y, claro, la crítica llega mucho mejor si se la escribe también con literatura.
Conversamos en 2022 y estaba usted al borde de los noventa años. Ya superó ampliamente esa cifra y mantiene una formidable lucidez y constante actividad. ¿Cómo se ve en su duelo contra el tiempo?
Es terrible el duelo contra el tiempo. (Se ríe). Tengo noventa y tres, voy a cumplir noventa y cuatro: es realmente increíble, increíble vivir tanto. No sé… siempre lo veo difícil, pero estoy dispuesto a llegar a los 100, y con la mente funcionando, que es lo fundamental.
(Texto y Fotos: Jesús Arencibia Lorenzo)